
Cuando el alba raya el cielo y el rocío inunda mi alma con sus gotas heladas, siento la daga clavarse más hondamente en lo profundo de mi ser; siento las lágrimas brotar y la rabia retorcerse; caen las gotas del lienzo de los sueños sobre mi piel, caen amargamente recordándome que todo se redujo a eso, a simples manchurrones en medio de una vida que empezaba a florecer. Y es solo en esos momentos cuando percibo que sigo teniendo la capacidad de sentir que tantas veces creo haber perdido. Y es en medio de esa vorágine de sentimientos y huracanes, de mares revueltos, de tormentas incesantes, de lucha y desesperación, cuando vuelve la consciencia que me despierta del letargo, de ese extraño adormilamiento al que me entrego, de ese mecerse sobre la hamaca en las tardes de verano, de esa fatídica paz en la que solo dejo mis días pasar.
Cuando amanece, y los primeros rayos del sol ciegan mi rostro, sé que pasó la tormenta y que dejó ante mí los vestigios de una historia difunta, que entierro bajo los cimientos de un cementerio del que trato de huir. Llegó la calma que apacigua, el susurro de la conciencia, la fuerza de voluntad abandonada; volvió para mostrarme un cielo azul inmenso en el que colorear con mis dedos convertidos ahora en pinceles....
Ruth: 30/05/10
Imagen: Getty Images