Este domingo tuve el placer de conocer, a través de la radio argentina on line, a la cantante del folclore argentino, Teresa Parodi. Como ya sabéis que los cantautores argentinos son mi predilección, pues estoy haciendo un acercamiento hacia la obra de esta cantante.
Aquí os dejo una canción que me deleitó titulada "La Abuela Emilia".
¿Quien no ha echado de menos a alguien alguna vez?
Creo que la felicidad es algo que la mayoría de las personas no se atreve a preguntárselo a sí mismas. También creo que muchas veces damos por felicidad algo que realmente no lo es, algo que se le parece de lejos, comodidad, estabilidad, seguridad, dinero, poder; quizá eso sea lo más parecido a la felicidad que comúnmente conocemos.
Seguramente habrán tantos frustrados inconscientes ahí fuera, tantos sueños dejados, rotos, olvidados, tantas esperanzas que se quedaron en el camino de una vida......... La vida nos envuelve en ese frenético esquema, hijos, casa, trabajo y rutina, un día y otro día y otro más, hasta que al final ya no sabes si eres feliz o si lo fuiste, ya no tienes tiempo ni de preguntarte esas cosas infantiles, sólo resistes y luchas por sobrevivir.

De repente aquella pila de cajas verdes estorba allí, aunque esté arrinconada la gente sigue tropezando con ella incesablemente; es hora de retirarla, de sacarla fuera; me abro paso entre el barullo para llegar no sin esfuerzo al muelle de descarga y poder apilar aquellas cajas verdes inertes en un palet de envases vacíos para su posterior marcha. Y justo cuando llego a pisar aquel asfalto desgastado y polvoriento, donde se hace patente el día fuerte de la semana y el cúmulo de trabajo, justo en ese instante parece que todo se paralice, que el tiempo se detenga, que la calma lo envuelva todo; aún estando al lado del parking de los clientes todo a mi alrededor toma clima de sosiego y los oigo gorjear allí arriba, siempre están como esperando a que alguien se detenga a contemplarlos. Son los estorninos, unos adorables pájaros que nos acompañan a diario. Respiro hondo, pierdo mi vista en el horizonte, me dejo acurrucar por aquellas nubes grises que parecen amenazar lluvia, me dejo llevar por la paz del instante y todo mi ser se relaja, se libera de toda la tensión de las últimas horas, y ellos empiezan su baile deleitando a la mirada profunda, haciendola feliz por un momento; siempre vuelan en bandada, haciendo mágicas acrobacias sobre el firmamento, ofreciendo un auténtico espectáculo para la vista cansada, dibujando mil formas, sobrevolando toda la superficie. Y me dejo llevar por el paisaje, contemplando como el pueblo se alza en la ladera de la montaña, me dejo estremecer mientras respiro hondo, mientras encuentro mi calma en las horas duras de trabajo. Esos pajarillos y ese paisaje, hacen que valga la pena estar ahí en ese preciso instante, y el muelle de descarga se convierte en uno de mis rincones favoritos.
El tren hoy ha salido con cinco minutos de retraso, como cada tarde a las ocho y veinte estás sentada en uno de esos bancos de hierro que adornan la Estación del Norte. Eres una persona de costumbres fijas, siempre buscas un asiento cerca de la ventanilla, siempre en el vagón de cola.
El tren se pone en marcha y tú sacas tu mp3, ese compañero fiel que siempre te acompaña y que comparte hueco en la mochila junto algún libro. Vas observando el paisaje, siempre es el mismo pero tú descubres cosas nuevas muy a menudo, aunque lo recorras dos veces al día siempre lo encuentras interesante. Muy pronto encuentras tu momento favorito del día, la puesta de sol, y te sorprendes al mirar la hora, y darte cuenta de que ya va atardeciendo un poquito antes.
Respiras hondo mientras la música acaricia tus oídos y el sol se va escondiendo entre aquellas montañas de las que no sabes su nombre. Te lamentas al ver los primeros edificios de la cuidad de la próxima parada, porque te impiden ver el fin de una maravillosa puesta de sol. Te encantan los días como hoy cuando el sol es anaranjado y enorme, lo disfrutas con emoción y como siempre te quedas maravillada ante los misterios de la naturaleza al tiempo que te preguntas en que lugar del mundo exacto estará amaneciendo. La sensibilidad del momento te encanta, te estremece y te hace sentir realmente viva, y piensas que un paisaje, como es una puesta de sol, que sigue un curso cíclico y armonioso continuo, puede reportarte momentos de felicidad, qué sencillo es sentirse bien y como a veces se nos complica tanto.
El tren ha parado y como siempre la gente sale en manada, te sorprende la cantidad de gente que trabaja o estudia en Valencia y bajan allí. Muchos asientos quedan ahora libres, es un ritual que se repite día tras día. No has hablado nunca con todos aquellos pasajeros que como tú hacen el mismo trayecto en tren, pero conoces a muchos; son tus compañeros de viaje, gente que ves a diario, sabes exactamente donde suben y donde se apean del tren. A muchos de ellos les has imaginado y en algún caso adivinado sus profesiones y algo de su vida; el chico de los vaqueros azules que durante todo el verano has visto vestido igual y que sólo te sorprende cada día con el color de la camiseta. Te preguntas cuál se pondrá hoy, la pistacho, la naranja, la roja o la azul, no debe tener demasiado armario ropero pero tú lo encuentras interesante. También está sentada en tu mismo vagón la que llamas “la ejecutiva” con su aire de pija. Te encanta lo bien vestida que va, siempre arreglada pero con ese aire informal y juvenil que tanto admiras.
Y así son las historias de trenes, de gente que va y viene a diario, de gente anónima que comparte contigo cuarenta y cinco minutos de viaje, un día, y otro día y otro más, y dónde si falta alguien, de algún modo extraño se nota su ausencia.
Nuestra caminata aunque corta está llena de matices que no escapan a la mirada profunda, que hacen que se percate de aquello que late alrededor y que tiene vida propia. Alrededor nuestro encontramos muchas personas que reparten folletos de publicidad, yo las ignoro, no les presto atención, la mirada profunda no se activa en ese preciso insntante, anda demasiado ocupada atendiendo la conversación y procurando que no la aroye un coche; en cambio él alarga la mano siempre que le ofrecen un folleto, sonríe e incluso da las gracias, acumulando tres o cuatro en la mano que sin tan siquiera echarles un vistazo, arroja en la primera papelera que encontramos en nuestro camino.
Esta vez la mirada profunda sí se percata de aquel gesto; le mira interrógativamente, ¿porque los cojerá si no le interesan?, - le interpela, le inquiere-.
Y su respuesta, una vez más, es una lección de la vida cotidiana y del día a día: "es su trabajo, si nosotros no les cogiéramos los folletos no terminarían de repartirlos, y ellos cobran por cada folleto que reparten, y a nosotros no nos cuesta nada extender la mano".
Una lección de empatía, de ponerse en el lugar de esas tantas personas que trabajan en la calle repartiendo propaganda, o en cualquier otro oficio; lidiando con los factores climáticos, expuestos a todas nuestras reacciones, a nuestros estados de ánimo, a nuestras prisas y en la mayoría de casos a nuestro desprecio y a nuestra falta de atención. Y una lección de la importancia de un gesto tan sencillo, como extender la mano.