Viajando al Desierto

Continuamente hago las maletas y dejo en casa aquel escudo que me protege haciendo invisible mis pertenencias, y aún así, sin llevarlo puesto, las personas no pueden ver su contenido simplemente con acercarse, pero aún así pueden dañarlas. Una nueva aventura está en marcha y nuevamente me tiro al vacío. El lugar al que voy en esta ocasión es un lugar muy lejano, tan lejano que casi nadie sabe donde está, pero me siento afortunado de que la persona que vive allí confió en mi e iluminó el caminito a seguir. Como todos los caminos, esté es sinónimo de dureza. En el cielo, un sol abrasador me quema, al igual que hace con la arena de ese desierto, y con la llegada de la noche el lugar refresca, y sigo caminando desnudo. Pero aún así, por el día se me abre ante mí un precioso paisaje adunado, y por la noche el más precioso cielo estrellado. El viento me abraza y me lleva casi a volandas por la dirección correcta, cuando ante mí aparece un majestuoso oasis de decenas de palmeras, cataratas de agua fresca y juguetona, sabrosos alimentos, y hamacas… En una de ellas estás tú, la mujer del éxodo al desierto, mostrándome tu interior.Y sé a ciencia cierta, que deberías mostrar ese paisaje a todo el que lo quiera ver, pues es impresionante, y también sé que viajar a través de tus letras se convierte en placentero. No las guardes para tus adentros. Paga el billete para quien te quiera leer, pero hazlo solo de ida, porque no creo que quieran volver.
-A Ruth-


Entre railes te asomas para morir en las entrañas de la tierra que abre su boca negra para abserber la volatil velocidad para la que fuiste engendrado. Suave te deslizas, moviéndote en los submundos de personas que con deseo te buscan, corren tras de ti, van a tu encuentro. Tú que no distingues razas ni sexos, que absorbes culturas, que te envuelves con ese extraño perfume llamado humanidad. Tú que como madre parturienta te desgarras en lo interno de la tierra, dando a luz el espacio compartido hasta el último milímetro, envolviendo tras de ti cada suspiro, cada anhelo, cada sueño, cada historia de aquellos que se acercan a tus míseras estancias, muriendo en sus rutinas y en sus surrealismos y a la vez dándote la vida que te caracteriza.

Manchada queda tu piel, untada tu barra de stripper, desgarrados tus ojos trasparentes y cristalinos de vahos ajenos y de historias contempladas. Grafitis adornan extrañamente tu recorrido por las entrañas de la gran ciudad que sigue latiendo más adentro que afuera.

Personas y más personas, que vienen que van, que suben que bajan; anónimos seres que se cruzan y chocan entre sí, que sin conocerse se reconocen y que comparten su espacio vital única y exclusivamente gracias a ti; metro que vienes y vas, uniendo puntos en la lejanía de la visceralidad.


Contágiame de tus historias, acércame a todos esos mundos que te engendran, que te poseen, que te aprisionan, que te llenan y te vacían, de cada cual que deja su humilde huella sobre ti; transpórtame con la mirada hasta envolverme de humanidad, hasta sentir al otro, hasta quebrar la frágil linea que separa el mundo que comparto con quienes respiran a mi lado, en un asiento o de pie, aquí donde obligatoriamente invades el espacio íntimo y personal de cada persona sin previo aviso, sin necesidad de pedir permiso, y sin estar mal visto. Veo incomodarse a muchos pasajeros, a mí me pasa lo mismo, pero más allá de lo más o menos cómodo del trayecto, encuentro en tus vagones una extraña unión de seres humanos con sus distintos universos, absortos en sus mundos. Y yo sigo contemplándolos con los ojos que envuelven la novedad, a pesar de haberme adentrado tantas otras veces en este tu extraño universo de vías y caminos de hierro bajo tierra, que me traen y me llevan.


Mis queridos amigos, me marcho unos días a descansar; os dejo la puerta entreabierta para que podais colaros con facilidad.

Podéis entrar como los duendes y alborotar un poco, cambiar las dunas a vuestro antojo, jugar con la luna y las estrellas, y chapotear en el agua del oasis; pero luego me dejáis cada cosa en su sitio que luego no encuentro nada. Tened cuidado no me dejéis calvas las palmeras. He dejado los cactus podados para que no os pinchéis. Os echaré un ojo........ (si me dejan).

Nos vemos en unos días, sed buenosssssssssssssss.

PDTA: Espero que el chico de las plumas se ponga las pilas, que ya me ruge el estómago de tantos días sin mi alimento literario, (tú ya me entiendes).

Ante mí la distorsionada encrucijada que la vida me pone por delante, luminosa y errante me muestra caminos difíciles de vislumbrar, eternos vaivenes de vida aún por descubrir. Aunque hace ya tiempo que podía visualizarla al final de este extraño camino, aún así, seguía avanzando; es por ello que ahora no me sorprenda tanto al verme envuelta en la esfera de estos caminos. Pero lo que realmente me asusta, no es la elección del camino por el que deba seguir, sino más bien la extraña sensación de que sean caminos sin retorno. Me gustaría poder equivocarme, transitar un tiempo, replantear el camino y volver sobre mis pasos si fuese necesario; sobre todo si tomo el camino que ahora mismo se me antoja más fácil, cómodo y llevadero. Me gustaría que al volver la vista atrás, ese camino transitado siguiera estando ahí de algún modo; que sieguiese siendo transitble en ambos sentidos, pero aún así siguen antojándoseme caminos sin retorno, caminos que me conducen a una nueva dimensión de la vida, caminos que aún asfaltados pronto se convertiran en tierra salvaje, asilvestrados y desérticos. Quizá lo más sensato sería andar en linea recta, pero ¿acaso el ser humano sabe hacer eso?, ¿es el propio camino el que se revuelve, o somos nosotros los incapaces de transitarlo rectamente? ¿Acaso no somos nosotros mismos los forjadores de nuestro propio camino?, ¿es la propia vida la que nos pone las curvas, o nostros los que las dibujamos?





El hombre de la esquina seguía allí un día más, y ya iban quince días, pensaba para sus adentros Emilio, que a sus doce años observaba con asombro todo cuanto le rodeaba. Se preguntaba qué hacía allí, por qué no iba a trabajar al igual que todos los adultos del barrio, se preguntaba también de donde había venido, dónde vivía, por qué se pasaba las horas sentado apoyado sobre aquel viejo sauce, y sobre todo, por qué nadie reparaba en su presencia.
Aquella mañana de sábado sin obligaciones escolares se le antojó propicia para intentar un acercamiento con el “extraño hombre” al cual llevaba llamando así desde que le vio por primera vez ya que desconocía su nombre. A medida que se acercaba notaba que había algo en aquella figura masculina que le imponía, pero sin embargo no sentía miedo, aquel hombre no le asustaba, más bien le conmovía. Al acercarse más descubrió aquellas pequeñas arrugas que se acumulaban en los ojos y en la comisura de los labios, dándole un rostro de ancianidad que asombró a Emilio, pues lo intuía mucho más joven.

Un tímido ¿hola? titubeante salió de la boca de Emilio, el cual no obtuvo ninguna respuesta por parte del hombre misterioso. De repente algo llamó sorprendentemente la atención del niño, una caja de madera chiquita apoyada en el tronco del sauce. Un deseo irrefrenable le movía a abrirla, una extraña fuerza de atracción se apoderó de él, necesitaba abrir aquella caja, algo desde su interior le llamaba con fuerza. Entonces el hombre levantó la vista clavando su mirada azul de acero sobre la de Emilio.


- Ten cuidado con lo que haces, la última vez que un renacuajo la abrió terminamos en la prehistoria, cazando jabalíes con una lanza. –dijo el hombre de forma contundente pero sin hacer nada por evitar que el niño se acercara a aquella mágica caja.
Por supuesto la advertencia llegó demasiado tarde, porque antes de que hubiera pronunciado la última palabra, la caja ya se hallaba abierta de par en par; y de ella se desprendían rayos luminosos que centelleaban por todas partes.

- Vuelta a empezar, ¡es que uno no se puede tomar ni unas pequeñas vacaciones! –dijo el hombre con resignación; y sin embargo Emilio pudo ver en los ojos del anciano brillos de entusiasmo e ilusión ante un nuevo viaje, el cual él mismo también ardía en deseos de emprender.


- ¡Agárrate fuerte! –gritaba en anciano.


- ¿De dónde me agarro? – preguntaba Emilio el cual no veía sitio donde agarrarse.


- Pues al tronco del sauce. –le explicaba el anciano mientras la superficie empezaba ya a temblar.


- ¿A dónde vamos? –preguntó intrigado Emilio.

- Pues tú sabrás. Al lugar de tus sueños. –respondió el anciano.


De repente todo el barrio había tomado una nueva dimensión, un extraño color ocre; las calles habían dejado de estar asfaltadas para convertirse en caminos terrosos con algunas piedras. El anciano agarró fuertemente al niño de la mano y ambos se dirigieron a lo que parecía un mercado, eso sí, no era un mercado cualquiera, sino un mercado medieval. Al grito de ¡Agua Va!, ambos dos intentaban avanzar sorteando el agua que las mujeres de la casa arrojaban por las ventanas. Se adentraron en el mercadillo mezclándose con la gente del lugar, mientras Emilio se miraba así mismo vestido con aquellos pantalones cortos color marrón que se le antojaban muy ridículos; sobre sus hombros lucía un chaleco a juego con los pantalones junto con una camisa gris. Pero lo que más le impresionaban eran aquellos mocasines puntiagudos con los que tanto le costaba caminar.
Emilio estaba eufórico, miraba alrededor con esos ojos que envuelven la sorpresa de la novedad, que descifraban aquello con lo que siempre había soñado, y que sólo había podido acceder a través de los libros de la biblioteca de su abuelo.
El ajetreo de los caballos que cruzaban las callejuelas, los puestos de venta de comida y artesanía, las águilas que surcaban el cielo y hasta una hechicera que decía adivinar el futuro, junto con un joven ladronzuelo huyendo con un queso bajo el brazo, completaban aquella pintoresca estampa.


- A todos los señores de la villa, se les comunica que se anda buscando por casas y rincones, al joven caballero portador de sueños. El Señor Marqués junto con sus lacayos acudirá hoy al mercado, pues cuentan los rumores de la corte, que el joven Sir Surik se halla por estas tierras huyendo de su deber y responsabilidad de guiar a las gentes hacia sus bellos sueños e ideales. -dijo el pregonero.


- Mi señor, ciertamente dicho caballero se anda por aquí, hasta mí llegó su perfume de sueños encantados. Sería menester preguntarle a la hechicera, pues ella con su magnífica intuición ha ayudado en otras ocasiones a vislumbrar caminos que se antojaban oscuros. –habló el quesero.


- El joven sir Suri, anda de la mano de un anciano, lo vi pasar hace ya un rato. –sentenció la hechicera.

La búsqueda no costó mucho, y en un instante el anciano y el niño se vieron rodeados por todo un tropel de gente que aclamaba: ¡Sir Surik, Sir Surik! ¡Es él, es él!
Un carruaje se detuvo ante ellos, y el Señor Marqués acompañado del Caballero de la Luz descendió salvando los escalones que le separaban del suelo. Pronto una espada se deslizaba suavemente por el hombro derecho de Emilio al cual el anciano había obligado a hincar una rodilla en el suelo.



- Mi querido Caballero, yo le declaro Sir Surik, portador de todos los sueños del reino, hacedor de magias, reclutador de nostalgias y melancolías; y en definitiva, repartidor de felicidad de todos los habitantes de estas tierras. Ahora debe cargar con su legado del cual ya no puede huir, y sembrar las semillas que se depositan en su interior allá donde sus pasos le conduzcan, en estos tiempos y en tiempos futuros, en esta vida y en vidas venideras.

El suave aleteo de una mariposa azul sobre su rostro, despertó a Emilio, o sir Surik, del letargo al que se había entregado junto al tronco de un sauce. Volvía así a su “mundo normal”, pero junto a él una caja de madera, que al abrirla sorprendía con un mensaje envuelto en pergamino, en el que se leía: Sir Surik, en esta vida y en vidas venideras.

(Foto de mi amigo Juancho)

Esta foto tomada en un parque de Luxemburgo, me invita a sentarme en uno de sus bancos, a dejarme llevar por la sutilidad del otoño que rezagadamente se va haciendo presente día tras día, acercándose tímidamente a la puerta de un invierno siempre tardío. Puedo ver los rayos luminosos del sol al abrirse paso entre el ramaje de los árboles centenarios que poco a poco se dejan vencer por su calidez; esos mismos rayos que a simple vista quizá no sean tan perceptibles son captados por la lente, retenidos en el tiempo para volverse inmortales a nuestros ojos, para traspasarnos y dibujar sobre el suelo terroso la mágica luz que desprenden las sombras distorsionadas, reflejos de algo que late y vive, de algo que está ahí. La sombra que anda detrás de ti, es la reseña que te da la luz, la mágica sentencia de que exites.
Sentada en uno de sus bancos, es fácil dejarse llevar, divagar observando este paisaje concreto, observar con esos ojos que envuelven la novedad y la sorpresa de que siempre hay algo maravilloso por descubrir en lugares sencillos, discretos, donde el recogimiento llama a la puerta de un corazón que sigue latiendo a cada instante, donde la suave brisa te hace estremecer, donde te sientes abrazada por este parque en absoluta calma, y te embriaga esa tranquilidad que a veces tanto necesitamos y somos incapaces de conquistar.
Quisiera quedarme aquí aún a sabiendas de que no es posible, de que la vida sigue su curso y de que uno no se puede recrear eternamente en un oasis, aún así, esta instantanea sigue cautivándome por su belleza sencilla, por los sentimientos que hace aflorar en mí, por trasportarme a un recuerdo imaginario que puedo sentir como inunda todo mi ser, como hace que afluyan torrentes de agua que al ser liberados, van en busca de su mar de agua salada sacudiendo las fibras más sensibles de un cuerpo, que a pesar de todo, sigue latiendo, respirando, observando, o dicho más sencillamente viviendo.

Aquí dejo este candil, para mi amigo Daniel, para que vea la luz en medio de la oscuridad, para que el túnel quede alumbrado aunque sea tímidamente, y encuentre el camino de la esperanza y pueda transitar tranquilamente por él. Para que no se deje vencer por el desánimo, ni abrazar por la soledad; para que abra bien los ojos y vea todo lo bonito de la vida que le está aguardando. Para que se levante del suelo y resurja de entre sus cenizas cuan áve fénix, alumbrando al mundo con su creatividad, su espontaneidad y sinceridad.
Lo hago extensible a Brisa y a Jose, que también andan un poco perdidos en medio del túnel. Yo ya tomé el mío, así que coged vuestro candil y empezar a caminar, porque la luz siempre conduce a la luz, y esa luz nos está esperando a todos, no para alumbranos sólamente, sino también para deslumbrarnos y maravillarnos.

Si no me vas a leer no hace falta que te pongas en la lista...

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Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea, es mejor que no pensar....... HIPATIA DE ALEJANDRIA

GRACIAS JOSE ALFONSO

A Ruth Carlino (Viajando al desierto) .6 de Septiembre .Festividad de Ntra. Sra. de las Viñas .

"Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Se paga al nacer, peaje
y todo es peregrinaje,
cada cual con su bagaje
en pos del cierto accidente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Trenet de feria es la vida.
Bien a la vuelta o en la ida,
sobre raíles se olvida
que no es cierto lo aparente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Llega el otro y marcha el uno.
El de acá es más oportunoque el de allá,
no habiendo alguno.
Todo igual es diferente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Quién soy yo; por dónde voy;
cuál será mi destino hoy,
me pregunto, por qué estoy
si al estar, vivo en pendiente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente".

Jose Alfonso.
http://callejadelahoguera.blogspot.com/