
Tenerte aquí y ahora es la bendición que la vida me regala en este anochecer; morir para resucitar en tu cuerpo inmersos en la niebla que procede de nuestros suspiros, perderme en el vaho de tu boca, en la esencia de tu intimidad, deshacerme al fundir tu saliva con la mía al acercarme a la comisura de tus labios; al acariciar el infinito de tus curvas, al rozar con mis dedos tu piel, al enredarme en tus caderas, al humedecerte haciendo círculos concéntricos con la punta de mi lengua. Sentir tu cuerpo adherido al mío, percibir como vibra anhelante buscando mis caricias, sumergido en tus susurros y en la melodía de tus gemidos, buscarte y encontrarte haciendo de las sábanas nuestra cueva imaginaria.
Bebo del caliz pecaminoso que de tu cuerpo emana para darme la vida eterna que ansío; dulce condena que me atenaza y me aprisiona a vivir y morir en tu cuerpo, recorriendo los surcos que el universo ha dejado tatuados en tu piel, perdiéndome en cada rincón de tu ser humedeciéndolo milímetro a milímetro, dejando mi esencia en cada uno de los poros que en tu silueta se dibuja, poseyéndote al hacerte única y exclusivamente mía.
Hacer que los relojes paren sus horas en este instante, es la mágica osadía que nos atrevemos a cometer.
Manchados quedan nuestros cuerpos, encadenados el uno al otro mientras esperas abierta en canal que mi mar blanco hinunde tus profundides.
Publicado por Ruth: 6/3/10