Hoy es la propia luna mi acompañante en el paseo nocturno que emprendo cada anochecer, cuando el sol duerme y las horas parecen languidecer escurriéndose entre la vegetación de este bosque al que acostumbro a transitar en horas como esta. Pausadamente se aleja en barullo del día; débilmente a lo lejos aquellos gritos se fueron apagando en tímidos susurros y la soledad llama con su disfraz de tranquilidad en la cual me acurruco, me envuelvo y me abandono dejándome invadir por esta agradable sensación de pasear a la luz de la luna llena. Mágico contraste el de mi azul del cielo alumbrado por esa inmesa luna cuyos destellos me hacen sentir partícipe de un mundo inmeso, con su millón de peculiaridades, de formas de ser, de personas que como yo se dejan llevar por sensaciones y sentimientos propios y ajenos. Mágico sonido el crepitar de la hierba a mis pies, el vuelo de las aves nocturnas, la presencia del viejo árbol que una vez más, se despoja de su vestimenta para mostrarme su desnudez, su interior, su esencia. Y aquí en este punto del día, las cosas se ven con mayor claridad, no hay miedos ni dudas, no hay disfraces ni máscaras, el alma al igual que el viejo árbol queda desnuda, trasparente y en ella puedes ver claramente tu propio reflejo, y discernir que hay de ti al acabar el día, que clase de ser habita en tu propio cuerpo, cuánto avanzas en tus sueños o cuanto retrocedes, sin metiras y sin tapujos; no hay nadie a quien engañar cuando cae la noche y te refugias en este bosque, salvo a ti misma si prefieres hacerlo, pero aún así no sirve de nada, porque ante tu propia desnudez no hay donde esconderse.
Paseos diarios, unos más largos, otros más cortos, pero paseos importantes de los cuales rescatar esa fortaleza que anida en tu interior y que es el motor para emprender cada nuevo día.




