Ante mí, la interminable escalera de Pessoa, con sus peldaños grandes, inestable y crujiente, con su incomoda barandilla floja que hace mecer la estructura entera. Intento mantener el equilibrio, pero termino subiendo casi a gatas; me fallan las fuerzas, me acurruco casi en cada escalón tiritando de frío, de ese frío interno que cala los huesos; inevitables sollozos de alma atormentada, en cunetas que se pierden en una vida sin valles frondosos.

Sólo poseo un cuaderno de viaje, lleno de anotaciones de soledades y tristezas. No me atrevo a mirarlo, pues los recuerdos duelen y hacen que todas aquellas sensaciones recorran mi cuerpo mientras una lágrima evaporada pende de un hilo, de ese hilo de la sensibilidad que aflora por instantes saliendo a la luz de un mundo que se tercia oscuro, rodeado de tinieblas, inerte en mitad de horas muertas.

El vuelo de una mariposa negra aleteando cerca de mí me recuerda que de algún modo algo sigue vivo, que aún hay vida en mitad del caos en el que se desenvuelve la locura que me hace girar sobre mí misma, como el mundo gira día tras día, y los suspiros arrancados del fondo del alma vuelan deslizándose por la estructura metálica del esqueleto de la escalera por la cual navego con o sin rumbo, perdida a la deriva entre crujidos y telas de arañas, cuyas propietarias ya hace tiempo abandonaron sus telares en busca de lugar más seguro.

Peldaño a peldaño siguen pasando los segundos vacíos y ausentes de recuerdos poseidos por fantasmas del presente y del pasado, del todo y de la nada que se postra ante los rellanos de esta interminable escalera que me conduce hacia dios sabe donde..............

"Ella le dijo:
- Quédate quince minutos más, por favor.
Y él le respondió:
- Lo siento tengo que ir a poner gasolina al coche"

Quizás esta conversación íntima entre F y L no debía haberla escuchado, pero la casualidad o causalidad hizo que hasta mis oídos llegasen aquellas palabras que envolvían la estancia en la que los tres nos encontrábamos. Me quedé mirando como se despedían de aquella forma tan fría, pero mis ojos pronto dejaron de mirar aquellas figuras humanas, y aunque siguieran clavados en ese instante, en esas presencias, mi mente ya divagaba a miles de km de allí, sumergida en mis propios pensamientos, y en las muchas veces que quizá yo, actué del mismo modo.

A veces somos tan necios de dar tanta importancia a cosas intrascendentes y triviales que somos incapaces de ver más allá de nuestras propias narices, de pensar en la otra persona que tenemos enfrente, de preguntarnos por qué reclama nuestra presencia; nuestra atención.

Yo que conozco muy bien a L y creo que también a F aunque ya empiezo a perder ciertas seguridades, sé que ella necesitaba esos quince minutos. A veces adquiere actitudes infantiles, pidiendo tonterías sólo por asegurarse que los que la rodeamos estaremos ahí; es su forma de reafirmar que cuando nos necesite de verdad también estaremos, pero esto último no se lo puede asegurar nadie ni quedándose quince minutos más. Quizá esta vez era diferente, porque en los últimos días ella se había abandonado a una especie de ausencia hacia todo y a todos, con un alo de tristeza impregnada en su rostro, quizá ella necesitara desesperadamente una mano amiga, pero fue a recurrir a alguien que necesitaba gasolina.

A veces, pequeñas conversaciones me infunden grandes reflexiones; cuánto tiempo invertimos en sentirnos importantes y ni siquiera se nos pasa por la cabeza hacer sentir importante al prójimo. Cuántas veces hablamos y hablamos, contamos nuestras mil peripecias, y somos incapaces de escuchar al otro, de preguntárle cómo estás, o qué te pasa; estamos tan inmersos en nuestras individualidades que carecemos de los recursos necesarios para percibir a los demás sin necesidad de que nos digan que están bien o mal.

La paradoja de todo esto es que seguramente si LD, CL, Jy, S, A, o cualquiera de ellos hubiese llamado a F, él hubiese parado el tiempo para escuchárles, creyendo que era su obligación, pero con L no pasaba igual, ella no formaba parte del trabajo. Paradójicamente siempre prestamos más atención a los de fuera que a los de dentro. Y tantísimas veces nos perdemos en la efímera e inalcanzable felicidad propia, que no nos damos cuenta, que con gestos sencillos podemos hacer felices a los demás, ayudarles a alcanzar su efímera e inalcanzable felicidad. Realmente pienso que es muy difícil hacerse con la felicidad por cuenta propia, que la única forma de alcanzarla es haciéndonos felices los unos a los otros, porque es mucho más fácil hacer sonreír a la otra persona que hacerse sonreír a uno mismo.

Seguramente a L ya ni le importen los quince minutos, ni siquiera piense en ellos, o sí; pero sé que acabara dándole menos importancia que yo que soy la que menos viene al caso; y aunque sumergida en mis propias paranoias seguiré pensando que merecía la pena quedarse quince minutos y correr un poco más después, si con ello otra persona se sentía feliz por quince minutos; al fin y al cabo nos pasamos la vida corriendo, se hubieran podido recuperar esos quince minutos, de eso estoy segura, tan sólo eran quince minutos. Y ahora, mientras resuena en mi mente aquella vieja canción de Rossana (yo pa ti no estoy), sigo sumergida en los pensamientos de mis propias letras.


Quiero que me acompañes en esta noche tranquila y apacible de desierto; nos sentaremos sobre la Duna Mayor, observando el lejano horizonte, allá donde se pierde la vista bajo el inmenso cielo, allá donde las estrellas fugaces corretean, se persiguen unas a otras, desenvuelven mágicos juegos; allá donde se desdibuja la linea que separa el firmamento de la arena blanca. Quiero que me acompañes sin más pretensión que compartir nuestro tiempo en este preciso momento en el que el reloj parece girar en sentido contrario, ahora que las horas parecen descolgarse descaradamente cayendo una tras otra hasta formar tan sólo una arimaña de números inconexos a nuestros pies. Quiero que me acompañes, a sabiendas que no puedo retenerte, que tus alas siempre volarán más alto que las mías, que tus sueños siempre andarán más allá en el tiempo y en el espacio y que surcaras distintos cielos a los míos. Quizás el cielo siempre es el mismo, pero con diferente tonalidad.

Y tú, que a veces eres yo, despiertas a otra realidad mucho mayor para la que pensaste fuiste creada, y miras el mundo con ojos nuevos y una perspectiva que jamás hubieses imaginado. Y nos enfadamos, sí tú y yo; porque yo quiero retenerte, quiero aferrarme a lo cotidiano a lo conocido, y me asusta sobremanera eso nuevo que tu percibes, que describes con tu mirada, que ansías mientras reparas tus alas rotas para emprender nuevamente el vuelo, para escapar del "yo" encarcelado, para surcar nuevos y más interesantes desiertos.

Pero esta noche quiero que me acompañes, que te quedes, que te reconcilies conmigo o contigo, porque es de noche, porque hace frío, y porque te necesito, al fin y al cabo tú y yo siempre fuimos una, y quizá nunca dejemos de serlo.

Mis queridos amigos, tengo que pediros un favor. Necesito saber si veis bien la columna de la derecha donde están los seguidores, las imágenes, el poema, etc. Via e-mail me comentan que esa columna está caída, pero yo desde mi ordenador la veo perfectamente.

Gracias a todos.


Podría ser esta plaza de Segovia, junto al acueducto, aquella en la que cogiste mi mano, en que arqueaste las cejas, en que deslizaste tu brazo para rodear mi cintura. Podría ser fácilmente éste, el decorado en que me besaste por primera vez lanzándome de cabeza y sin salvavidas a ese mar de sentimientos y emociones, de deseos, de locura casi invisible por el que navego desde entonces.
Digo podría, porque bien sabemos que exactamente no era así, ni ese punto nuestro lugar ni tan siquiera nuestro momento; pero bien poco importa el escenario exterior cuando una emoción o un sentimiento hacen que todo alrededor se pinte de forma diferente y se ilumine como esa plaza al atardecer. Aún siento aquellas tímidas y frágiles gotas de lluvia mojando nuestros rostros mientras era arrastrada por el mar de tu boca, mientras nuestros dedos jugueteaban entrelazados en medio de la nada o del todo, mientras tus brazos protectores contenían mi respiración y mi cuerpo se delizaba por el tuyo, desafiando las leyes de la Matemática al corroborar de forma inaudita que uno más uno sólo producían un uno mayor, distanciado de un dos estático y carente de dinamismo, que era el resultado de nuestros cuerpos separados.
Hubo etapas en las que creí ahogarme y perecer en medio de ese inmenso mar de sentimientos y emociones, desconocido hasta aquel instante para mí; pero entonces tú te convertiste en el mayor salvavidas para dar sentido y significado a ese beso, en aquella plaza al caer la tarde.
Han pasado cincuenta años, y el ocaso de nuestras vidas, más cerca que lejos, nos marca la pauta del camino a seguir, entre callejas que se pierden por ese acueducto que contiene la esencia de nuestra vida, de nuestras idas y venidas, de nuestros encuentros y desencuentros, de nuestras certezas e incertidumbres. Cojo tu mano como aquella primera vez y seguimos el camino, este camino que nos lleva por la senda segura de nuestro corazón; atrás quedaron aquellos intentos locos por buscar otras formas y otros cuerpos en los que sólo conseguimos la certeza de que estábamos hechos el uno para el otro.


Mis queridos amigos, como veis el desierto toma una nueva apariencia e imagen, que con tanta arena esto ya necesitaba una reforma. Espero que os guste este nuevo envoltorio menos sencillo y más sofisticado. Pasad y acomodaos, he reservado una duna para cada uno de vosotros.


Gracias Leinad por ayudarme con las reformas.



Ante mis ojos, aquella mesa ovalada que durante tanto tiempo había estado olvidada en un oscuro rincón bajo la escalera de caracol, recubierta con su inconfundible manto espeso y polvoriento. Ahora aquellos días de antigua mesa habían pasado desde que el sospechador de rumbos, viejo artesano velense, había reparado en ella. Durante varios días lo vi con su mirada fija en aquel oscuro rincón, como sospechando tímidamente la posibilidad de devolverle la vida a aqulla mesa, que durante mi niñez había sido tan solo un trasto con el que jugar.

Ahora esa misma mesa, completamente restaurada se alzaba ante mis ojos incrédulos, mostrándome parte de su vida anterior a la que yo concía. Me hablaba de aquella época dorada en que había presidido el centro de un bello salón burgués tantos años antes.

Durante largas tardes había observado al artesano amar, mimar, dialogar, con aquella mesa; la había despojado de todo su sucio ropaje, la había contemplado delaitadamente, desnudándola hasta llegar a su parte más intima donde mostraba rasguños y heridas, marcas del paso del tiempo sobre su superficie. Con esmera paciencia había lijado toda su piel, había reparado cada una de sus fisuras, había encolado nuevamente sus puntos de apoyo, y poco a poco, aquella mesa que en pocos días había languidecido por completo, volvió a vestirse con aquel suave barniz que le daba una presencia señorial a toda la estancia. La mesa era capaz de alumbrar y dar nueva vida a aquella casa; y ahora era fácil imaginar su entorno natural, las ostentonsas cenas de gala en las que había estado, las largas noches de fiesta que había presenciado, los cócteles en los que se había perdido hasta altas horas de la madrugada; incluso podían escucharse las risas, la música, las conversaciones a media voz, los murmullos y las confidencias, con tan solo acercar el oído a la brillante superficie lisa que llamaba con fuerza.

Si no me vas a leer no hace falta que te pongas en la lista...

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Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea, es mejor que no pensar....... HIPATIA DE ALEJANDRIA

GRACIAS JOSE ALFONSO

A Ruth Carlino (Viajando al desierto) .6 de Septiembre .Festividad de Ntra. Sra. de las Viñas .

"Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Se paga al nacer, peaje
y todo es peregrinaje,
cada cual con su bagaje
en pos del cierto accidente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Trenet de feria es la vida.
Bien a la vuelta o en la ida,
sobre raíles se olvida
que no es cierto lo aparente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Llega el otro y marcha el uno.
El de acá es más oportunoque el de allá,
no habiendo alguno.
Todo igual es diferente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Quién soy yo; por dónde voy;
cuál será mi destino hoy,
me pregunto, por qué estoy
si al estar, vivo en pendiente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente".

Jose Alfonso.
http://callejadelahoguera.blogspot.com/