Parecía abismo, pero no lo era. Parecía miedo y desesperación, pero no asustaba ni se imponía; parecía sombra cuando sólo era luz. Parecía tormenta cuando sólo era una frágil llovizna. Parecía el fin, en cambio marcaba un principio, parecía muerte mientras era vida. Las dudas y los temores del miedo a lo desconocido hacían que pareciera lo contrario de lo que era.
Sentía aquella necesidad asfixiante de destrucción de todo cuanto había construido a mi alrededor; en cambio, sólo era la antesala de lo que vendría después, era necesario destruir todo para construir de nuevo. Tardé en darme cuenta, el miedo, la cobardía, la pereza, se habían convertido en esos aliados fantasmagóricos que cuchicheaban en mi mente a cada nuevo paso que yo emprendía.
"!Entrégate!" llamaba la voz que susurra y la mano que empuja el caminar, aún cuando te asuste el sendero, aún cuando no veas las luces depositadas en las aceras de la vida, aún cuando notes ese viento recio y fuerte que sólo viene a barrer el polvo que se depositó en las horas de abandono.
Y ahora que me levanto sobre los escombros polvorientos de aquellos pilares firmes que marcaron mi vida, ahora que avanzo a trompicones sobre espejos hechos añicos, y que el paisaje parece mortecino, ahora me doy cuenta más que nunca de lo viva que estoy mientras acaricio con mis manos los socavones de la angustia, que dejé tras la revuelta interior.
Doblando la esquina veo pasar el carro de la vida, con su luz potente, viene hacia mí lleno de herramientas y utensilios con los que ponerme nuevamente a construir. Corro hacia él para descubrir cuántos tesoros alberga en su interior, me cuesta acostumbrar los ojos a esta nueva luz cegadora, pero no desisto en mi empeño, quiero subirme a él y rescatar el pico de la esperanza, la pala de las nuevas oportunidades, la carretilla llena de proyectos y aquella vieja transpaleta que arrastra nuevos puntos de vista, cargada con cajas que anuncian los secretos para abrir la mente.
Publicado por
Ruth Carlino
beduinos en el desierto (14)
Publicado por
Ruth Carlino
beduinos en el desierto (14)
“La Ninfa y el Guerrero”
Había una vez una ninfa que vivía en un valle frondoso lleno de alegre vegetación y adornado por un río que daba vida a aquella bonita estampa en la que siempre era primavera.
La Ninfa vivía sola en su valle, y apenas era visitada por algunos caminantes, ya que antes de llegar al valle había que atravesar el abismo de los dragones, y sólo unos cuantos osados conseguían llegar hasta allí; eran aquellos que al pasar y ver la hermosura de aquel rincón les entraban unas ganas irrefrenables de instalarse junto con la ninfa, pero desgraciadamente siempre acababan marchándose después de saciar su hambre y su sed, porque aquel lugar acababa antojándose aburrido a fin de cuentas.
Sucedió una mañana que la ninfa estaba lavándose los pies en aquel río, cuya agua cristalina devolvía el paisaje verde de la vegetación, que de repente, sin haber escuchado tan siquiera unos pasos al acercarse, vio reflejada una imagen junto a la de ella en el agua. Entonces la ninfa, lejos de asustarse, posó su profunda mirada sobre el reflejo de aquellos ojos oscuros que la miraban desde el agua; durante un instante en el que los relojes dejaron de marcar todas sus horas y se inmortalizó el tiempo, la ninfa vio pasar ante sí las muchas cicatrices de todas las batallas libradas por aquel guerrero. Pero ella mejor que nadie sabía, que el mejor bálsamo para curar todo tipo de heridas, era el amor, el cariño y la ternura; y de eso ella tenía mucho que ofrecer a aquel guerrero que seguía hipnotizándola desde el agua.
El guerrero acogió con agrado las muchas atenciones de aquella bella ninfa y empezó a sentirse mucho mejor al recobrar todas aquellas cualidades de antaño. Y en sus ojos volvió a brillar aquello que llaman “esperanza”, algo que había perdido batalla tras batalla por mucho que algunas hubiesen terminado en grandiosas victorias.
Los días pasaban y el guerrero se sentía feliz, optimista, confiado, alegre y lleno de vida; y la ninfa descubrió que a medida que iba suavizando las heridas de su amado guerrero, iban cicatrizando las suyas propias; heridas que ella misma tenía escondidas en el fondo de su alma, heridas que nadie había osado descubrir jamás, pero que aquel intrépido guerrero llegó a vislumbrar y a recubrir con el mismo bálsamo, que de la ninfa, había aprendido ha elaborar.
Y así sucedió que aquella ninfa, que era algo marisabidilla, consiguió comprender que aquel guerrero no estaba allí para sanar sus propias heridas, sino para curarla a ella y con ello rescatarla de aquel destierro sin fin, al que voluntariamente se había entregado.
Había una vez una ninfa que vivía en un valle frondoso lleno de alegre vegetación y adornado por un río que daba vida a aquella bonita estampa en la que siempre era primavera.
La Ninfa vivía sola en su valle, y apenas era visitada por algunos caminantes, ya que antes de llegar al valle había que atravesar el abismo de los dragones, y sólo unos cuantos osados conseguían llegar hasta allí; eran aquellos que al pasar y ver la hermosura de aquel rincón les entraban unas ganas irrefrenables de instalarse junto con la ninfa, pero desgraciadamente siempre acababan marchándose después de saciar su hambre y su sed, porque aquel lugar acababa antojándose aburrido a fin de cuentas.
Sucedió una mañana que la ninfa estaba lavándose los pies en aquel río, cuya agua cristalina devolvía el paisaje verde de la vegetación, que de repente, sin haber escuchado tan siquiera unos pasos al acercarse, vio reflejada una imagen junto a la de ella en el agua. Entonces la ninfa, lejos de asustarse, posó su profunda mirada sobre el reflejo de aquellos ojos oscuros que la miraban desde el agua; durante un instante en el que los relojes dejaron de marcar todas sus horas y se inmortalizó el tiempo, la ninfa vio pasar ante sí las muchas cicatrices de todas las batallas libradas por aquel guerrero. Pero ella mejor que nadie sabía, que el mejor bálsamo para curar todo tipo de heridas, era el amor, el cariño y la ternura; y de eso ella tenía mucho que ofrecer a aquel guerrero que seguía hipnotizándola desde el agua.
El guerrero acogió con agrado las muchas atenciones de aquella bella ninfa y empezó a sentirse mucho mejor al recobrar todas aquellas cualidades de antaño. Y en sus ojos volvió a brillar aquello que llaman “esperanza”, algo que había perdido batalla tras batalla por mucho que algunas hubiesen terminado en grandiosas victorias.
Los días pasaban y el guerrero se sentía feliz, optimista, confiado, alegre y lleno de vida; y la ninfa descubrió que a medida que iba suavizando las heridas de su amado guerrero, iban cicatrizando las suyas propias; heridas que ella misma tenía escondidas en el fondo de su alma, heridas que nadie había osado descubrir jamás, pero que aquel intrépido guerrero llegó a vislumbrar y a recubrir con el mismo bálsamo, que de la ninfa, había aprendido ha elaborar.
Y así sucedió que aquella ninfa, que era algo marisabidilla, consiguió comprender que aquel guerrero no estaba allí para sanar sus propias heridas, sino para curarla a ella y con ello rescatarla de aquel destierro sin fin, al que voluntariamente se había entregado.
Publicado por
Ruth Carlino
beduinos en el desierto (12)
Pasó el domingo de nubes y tormentas, atípico para la época, pero que a mí me encanta; deleitada en esa agradable sensación de permanecer acurrucada en casa, dejándome llevar por esa intensa lluvia que golpea el cristal que me separa del alma del Universo, que late en la tierra, en el viento, en la incesante lluvia, y que se comunica conmigo através de ese lenguaje espectacular de la naturaleza.
Puedes escuchar a la tierra hablar, transmitir e incluso quejarse; sólo se precisa estar atento, abrir los ojos, afinar el oído y dejarse llevar por esas sensaciones que embriagan el ambiente. A menudo escucho el eco de su voz a través de la lluvia, del chapoteo de los charcos, del crujir de las ramas de un árbol mecido por el viento, en el peculiar sonido cuando hundes el pie al caminar por el barro o por el parque, cuando escuchas el gorjeo de los pájarillos cruzando el cielo, cuando el vencejo vuelve asustado al nido, o cuando el estornino loco desafía las condiciones metereológicas para deleitar con lo que mejor sabe hacer, volar; cuando absorves la fragancia que queda en el ambiente después de la tormenta, ese perfume de tierra mojada, de naturaleza viva. Preciosa sensación que te rescata de tus rutinas para encontrarte con algo más que late con fuerza ahí afuera y que a la vez, necesita ser escuchado, ser entendido y ser respetado.
Publicado por
Ruth Carlino
beduinos en el desierto (6)
AÑO 2050
Despertó, pues el frío hacía incomoda su estancia allí. Los parpados algo pegados por la somnolencia intentaron abrirse lentamente, pero solo recibieron oscuridad envuelta en neblina y un pequeño brillo de luz que se perdía a lo lejos. Su espalda estaba húmeda, y algo viscoso se desprendía de ella. Con sus manos acarició el suelo haciendo resbalar lo que parecía arena; la manoseó durante breves instantes preguntándose qué era aquel lugar, dónde se encontraba realmente, ya que aquella no parecía ni por asomo su habitación, y desde luego no sentía haber dormido sobre su colchón de viscolatex. Todo él, reclamaba una ducha en su adorable jacuzzi, ya que se sentía extraño en su propio cuerpo. A tientas buscó el interruptor de la luz pero no lo halló, incluso llegó a golpearse la cabeza contra un techo rocoso que no recordaba fuera tan bajo. Por fin divisó aquella luz que entraba por una ranura y consiguió salir para ser deslumbrado por la luz del sol, que hizo que volviera a cerrar los ojos de inmediato. Tardó un instante en acostumbrarse a la potente luz, y para su asombro se encontraba delante de una inmensa playa y tras de sí, la minúscula cueva en la que había pasado la noche. Fue entonces cuando empezó a mirarse a sí mismo y la visión le produjo una sensación de angustia y de mareo que no cesaba, sino todo lo contrario, iba en aumento a medida que sus ojos iban contemplando aquel nuevo “yo”, en el que parecía que se había convertido. Cayó de rodillas sobre la arena mirando con incredulidad sus temblorosas manos peludas. De sus dedos largas pezuñas amenazantes le invitaban a no seguir mirando. Las palmas de sus manos, antes suaves y bien cuidadas, ahora habían oscurecido hasta convertirse en rudas palmas negras agrietadas. No entendía aquello ni la metamorfosis sufrida mientras seguía escrudiñando su cuerpo, sus piernas recubiertas de pelaje marrón oscuro, sus facciones totalmente desfiguradas. Con espanto y horror emitió lo que esperaba fuera un grito de desesperación, pero de su garganta salió un rugido animal que resonó con fuerza. Pensó que aquello solo era una pesadilla, que tenía que despertar pronto, y salió corriendo dirección al mar para ver si el agua espabilaba su cuerpo y lo hacía volver a su cómoda realidad. Al llegar a la orilla y sumergirse sólo encontró reflejado en el agua su rostro, el rostro del Hommo Erectus.
Al salir de nuevo a la superficie, grabado sobre la arena podía leerse:
Al salir de nuevo a la superficie, grabado sobre la arena podía leerse:
“AÑO 2050: TODOS MONOS OTRA VEZ”.
Publicado por
Ruth Carlino
beduinos en el desierto (14)

Llegó el deshielo en un mágico atardecer, en el que las flores empezaron a germinar de nuevo, estallando en mil colores y en sutiles fragancias. Llego el deshielo con su mano amiga, extendida y abierta, para empujar los pasos cabizbajos de una incierta senda, colándose en lo más profundo de un ser, cuya existencia no era capaz de ver. Y en aquel preciso instante, las miradas ausentes cobraron significado, al reflejarse a sí mismas en un lago de agua cristalina. Se derrite la colina, se derrite el valle, se derrite el riachuelo haciendo llorar de emoción, a una tierra árida, convirtiéndola en terreno fértil que aligere los pasos sombríos de aquella mirada ausente, convirtiéndola en un ser vivo vital, iluminado por miradas nuevas, que envuelven el entorno de grandes espacios donde entregarse sin desánimo. Intensa emoción al asomar la cabeza saliendo del caparazón rocoso en el que se había cobijado; mágica sensación aquella del calor de la dicha golpeando el deshielo.
!Llora tierra mía!, llora sin miedo ni pudor, porque detrás de tus lágrimas saladas se despierta el nuevo amanecer, y el deshielo se funde sin piedad ahogando los días grises a tus pies.
Publicado por
Ruth Carlino
beduinos en el desierto (14)
Este domingo tuve el placer de conocer, a través de la radio argentina on line, a la cantante del folclore argentino, Teresa Parodi. Como ya sabéis que los cantautores argentinos son mi predilección, pues estoy haciendo un acercamiento hacia la obra de esta cantante.
Aquí os dejo una canción que me deleitó titulada "La Abuela Emilia".
¿Quien no ha echado de menos a alguien alguna vez?
Publicado por
Ruth Carlino
beduinos en el desierto (16)
Veo pasar el tren atestado de gente, cada mañana el mismo tren. Y me pregunto quiénes serán, a dónde irán, qué clase de vida llevarán, pero sobre todo, la misma pregunta que últimamente me hago tanto, ¿serán felices?. Observo a la gente que me rodea, por la calle, en el trabajo, en la parada del autobús, en el supermercado, en las tiendas, personas ajenas a mí, e intento escudriñar en su rostro, ¿será este el rostro de la felicidad? ¿Son personas felices o frustradas?, muchos parecen acomodados en su rutina, resignados en sus vidas, pero igual son felices. ¿Por qué no tendrían que serlo?, ¿quién soy yo para juzgar la felicidad ajena...............?
Creo que la felicidad es algo que la mayoría de las personas no se atreve a preguntárselo a sí mismas. También creo que muchas veces damos por felicidad algo que realmente no lo es, algo que se le parece de lejos, comodidad, estabilidad, seguridad, dinero, poder; quizá eso sea lo más parecido a la felicidad que comúnmente conocemos.
Seguramente habrán tantos frustrados inconscientes ahí fuera, tantos sueños dejados, rotos, olvidados, tantas esperanzas que se quedaron en el camino de una vida......... La vida nos envuelve en ese frenético esquema, hijos, casa, trabajo y rutina, un día y otro día y otro más, hasta que al final ya no sabes si eres feliz o si lo fuiste, ya no tienes tiempo ni de preguntarte esas cosas infantiles, sólo resistes y luchas por sobrevivir.
Creo que la felicidad es algo que la mayoría de las personas no se atreve a preguntárselo a sí mismas. También creo que muchas veces damos por felicidad algo que realmente no lo es, algo que se le parece de lejos, comodidad, estabilidad, seguridad, dinero, poder; quizá eso sea lo más parecido a la felicidad que comúnmente conocemos.
Seguramente habrán tantos frustrados inconscientes ahí fuera, tantos sueños dejados, rotos, olvidados, tantas esperanzas que se quedaron en el camino de una vida......... La vida nos envuelve en ese frenético esquema, hijos, casa, trabajo y rutina, un día y otro día y otro más, hasta que al final ya no sabes si eres feliz o si lo fuiste, ya no tienes tiempo ni de preguntarte esas cosas infantiles, sólo resistes y luchas por sobrevivir.

