Desde hace más de una hora, el trajín en la tienda es ensordecedor; siempre sobre estas horas de la tarde, las siete en punto en mi reloj, hay mucho barullo y se acumulan los clientes haciendo cola en la linea de cajas de la salida, pero sin duda, los días como hoy sábado, el cúmulo de gente hace que te retumben los oídos en un murmullo sordo y seco que reverbera en mi mente. Apenas doy a basto a reponer y a atender un sinfín de requerimientos orientando a las personas sobre el lugar exacto donde se encuentra aquello que buscan. Siempre bromeo diciendo que deberíamos repartir GpSs en la entrada.

De repente aquella pila de cajas verdes estorba allí, aunque esté arrinconada la gente sigue tropezando con ella incesablemente; es hora de retirarla, de sacarla fuera; me abro paso entre el barullo para llegar no sin esfuerzo al muelle de descarga y poder apilar aquellas cajas verdes inertes en un palet de envases vacíos para su posterior marcha. Y justo cuando llego a pisar aquel asfalto desgastado y polvoriento, donde se hace patente el día fuerte de la semana y el cúmulo de trabajo, justo en ese instante parece que todo se paralice, que el tiempo se detenga, que la calma lo envuelva todo; aún estando al lado del parking de los clientes todo a mi alrededor toma clima de sosiego y los oigo gorjear allí arriba, siempre están como esperando a que alguien se detenga a contemplarlos. Son los estorninos, unos adorables pájaros que nos acompañan a diario. Respiro hondo, pierdo mi vista en el horizonte, me dejo acurrucar por aquellas nubes grises que parecen amenazar lluvia, me dejo llevar por la paz del instante y todo mi ser se relaja, se libera de toda la tensión de las últimas horas, y ellos empiezan su baile deleitando a la mirada profunda, haciendola feliz por un momento; siempre vuelan en bandada, haciendo mágicas acrobacias sobre el firmamento, ofreciendo un auténtico espectáculo para la vista cansada, dibujando mil formas, sobrevolando toda la superficie. Y me dejo llevar por el paisaje, contemplando como el pueblo se alza en la ladera de la montaña, me dejo estremecer mientras respiro hondo, mientras encuentro mi calma en las horas duras de trabajo. Esos pajarillos y ese paisaje, hacen que valga la pena estar ahí en ese preciso instante, y el muelle de descarga se convierte en uno de mis rincones favoritos.


El toldo se mueve, el viento hace que sus minúsculas fibras compactas se enlairen en germinal movimiento que lentamente hace mecer esa tela amarillenta y anaranjada como asintiendo dócilmente al vaivén, al cual no opone resistencia, simplemente se deja llevar. Yo, desde mi cama me dejo hipnotizar por él mientras espero que la vigilia se apodere lentamente de mí y me lleve al mundo de Morfeo, en el cual espero dejar liberar mi mente, no pensar, no recordar, y que por una noche, solo una, me ofrezca una tregua. Sólo una noche, sólo esta noche. No pido soñar con hadas encantadas ni ninfas del bosque, ni con guerreros, ni eclipses de sol y luna, ni sueños teñidos de azules y amarillos; tan solo deseo descansar. Noto el fino cosquilleo del viento en mis brazos, fresca brisa de noche de luna llena, y lentamente, muy lentamente, mis párpados van cayendo y mi cuerpo relajado se sumerge en un estanque de agua cristalina, pronto dejaré de notar, de sentir, de escuchar; pronto Morfeo vendrá a por mí, y me transportará a ese mundo que algunos tildan de mágico, pero que yo me conformo con que sea un espacio alejado del mundanal ruido, un espacio donde poder recuperar la inocente imaginación perdida, donde la paz embriague el cuerpo atrofiado, con su sutileza, con su ternura y con sus alas grandes.



El tren hoy ha salido con cinco minutos de retraso, como cada tarde a las ocho y veinte estás sentada en uno de esos bancos de hierro que adornan la Estación del Norte. Eres una persona de costumbres fijas, siempre buscas un asiento cerca de la ventanilla, siempre en el vagón de cola.
El tren se pone en marcha y tú sacas tu mp3, ese compañero fiel que siempre te acompaña y que comparte hueco en la mochila junto algún libro. Vas observando el paisaje, siempre es el mismo pero tú descubres cosas nuevas muy a menudo, aunque lo recorras dos veces al día siempre lo encuentras interesante. Muy pronto encuentras tu momento favorito del día, la puesta de sol, y te sorprendes al mirar la hora, y darte cuenta de que ya va atardeciendo un poquito antes.



Respiras hondo mientras la música acaricia tus oídos y el sol se va escondiendo entre aquellas montañas de las que no sabes su nombre. Te lamentas al ver los primeros edificios de la cuidad de la próxima parada, porque te impiden ver el fin de una maravillosa puesta de sol. Te encantan los días como hoy cuando el sol es anaranjado y enorme, lo disfrutas con emoción y como siempre te quedas maravillada ante los misterios de la naturaleza al tiempo que te preguntas en que lugar del mundo exacto estará amaneciendo. La sensibilidad del momento te encanta, te estremece y te hace sentir realmente viva, y piensas que un paisaje, como es una puesta de sol, que sigue un curso cíclico y armonioso continuo, puede reportarte momentos de felicidad, qué sencillo es sentirse bien y como a veces se nos complica tanto.

El tren ha parado y como siempre la gente sale en manada, te sorprende la cantidad de gente que trabaja o estudia en Valencia y bajan allí. Muchos asientos quedan ahora libres, es un ritual que se repite día tras día. No has hablado nunca con todos aquellos pasajeros que como tú hacen el mismo trayecto en tren, pero conoces a muchos; son tus compañeros de viaje, gente que ves a diario, sabes exactamente donde suben y donde se apean del tren. A muchos de ellos les has imaginado y en algún caso adivinado sus profesiones y algo de su vida; el chico de los vaqueros azules que durante todo el verano has visto vestido igual y que sólo te sorprende cada día con el color de la camiseta. Te preguntas cuál se pondrá hoy, la pistacho, la naranja, la roja o la azul, no debe tener demasiado armario ropero pero tú lo encuentras interesante. También está sentada en tu mismo vagón la que llamas “la ejecutiva” con su aire de pija. Te encanta lo bien vestida que va, siempre arreglada pero con ese aire informal y juvenil que tanto admiras.


Y así son las historias de trenes, de gente que va y viene a diario, de gente anónima que comparte contigo cuarenta y cinco minutos de viaje, un día, y otro día y otro más, y dónde si falta alguien, de algún modo extraño se nota su ausencia.

Hacía frío aquella mañana en la capital, atrás habían quedado las intensas nevadas del último invierno. El rezagado febrero iba dejando paso a un marzo que tímidamente ofrecía los primeros rayos de sol.
Ibamos juntos andando dejando atrás la enorme fachada de la estación de Atocha, nos dirigíamos al Mueso Reina Sofía, e ibamos hablando tranquilamente del millón de cosas que acostumbramos a compartir. Pronto llegariamos a nuestro destino, pues la distancia entre la estación y el museo era más bien corta. Me encanta ir de museos con él, le apasiona el arte, y para una persona poco entendida como yo en ese área, tener a alguien al lado que te vaya mostrando ese fascinante camino es una sensación muy agradable, es como ir despertando a otros mundos, a otras facetas de nustra vida cotidiana. El pretende que yo "sienta" los cuadros, huye de explicaciones eruditas y clases magistrales, para ir mostrándome poco a poco lo que se escondé más allá de un lienzo, más allá del cuadro en sí, de la interpretación, despertando mi interés por ese arte que llaman abstracto, y que yo hasta antes de conocerle no llegaba a entender.

Nuestra caminata aunque corta está llena de matices que no escapan a la mirada profunda, que hacen que se percate de aquello que late alrededor y que tiene vida propia. Alrededor nuestro encontramos muchas personas que reparten folletos de publicidad, yo las ignoro, no les presto atención, la mirada profunda no se activa en ese preciso insntante, anda demasiado ocupada atendiendo la conversación y procurando que no la aroye un coche; en cambio él alarga la mano siempre que le ofrecen un folleto, sonríe e incluso da las gracias, acumulando tres o cuatro en la mano que sin tan siquiera echarles un vistazo, arroja en la primera papelera que encontramos en nuestro camino.

Esta vez la mirada profunda sí se percata de aquel gesto; le mira interrógativamente, ¿porque los cojerá si no le interesan?, - le interpela, le inquiere-.

Y su respuesta, una vez más, es una lección de la vida cotidiana y del día a día: "es su trabajo, si nosotros no les cogiéramos los folletos no terminarían de repartirlos, y ellos cobran por cada folleto que reparten, y a nosotros no nos cuesta nada extender la mano".

Una lección de empatía, de ponerse en el lugar de esas tantas personas que trabajan en la calle repartiendo propaganda, o en cualquier otro oficio; lidiando con los factores climáticos, expuestos a todas nuestras reacciones, a nuestros estados de ánimo, a nuestras prisas y en la mayoría de casos a nuestro desprecio y a nuestra falta de atención. Y una lección de la importancia de un gesto tan sencillo, como extender la mano.

Una enorme cristalera y una calle atestada de tráfico nos separa, ella sentada en el bordillo de una joyería, yo en la mesa de la cafetería donde acostumbro a pasar esa escasa media hora que llaman de descanso. Justo enfrente mío y a su vera, la farmacia con su letrero luminoso que informa de los 27 grados que se registran esa mañana en el exterior. A penas son las diez y media de un día laboral como otro cualquiera.
Fijo mi mirada en ella alejándome de esa mesa donde se discuten temas intrascendentes, donde las quejas son continuas y no sabemos mirar más allá de nuestras propias narices; sin duda alguna ninguno de los que comparten aquel tiempo conmigo se percatan de ella, de la mujer de la acera de enfrente. Ataviada con ropa de abrigo, a pesar del calor, con un pañuelo en la cabeza que deja vislumbrar algunos cabellos grises sueltos, sigue estando allí en aquel sordo ritual que a penas es percibido por nadie. Parece una mujer de edad avanzada, con arrugas en las comisuras de los labios y alrededor de sus ojos, cuya mirada también parece ausente, cansada, y alejada de todo atisbo de esperanza. Alza sus manos pidiendo eso que llaman "limosna", manos completamente agrietadas y descuidadas.
Fijo mi mirada en ella convirtiéndola en el foco de mi atención mientras con cautela voy expandiendo esa misma mirada, para poco a poco ir descubriendo todos los matices del cuadro poco paisajístico que se abre ante mí aquella soleada mañana. Veo gente pasar, algunos con prisa otros más relajadamente; veo mucha gente entrar y salir de la farmacia y algunos pocos de la joyería. La mayoría de la gente parece no percibir a la anciana sentada en el suelo, la indiferencia, la insensibilidad a la que nos hemos acostumbrado, hace acto de presencia en cada persona que pasa por allí. Otras personas la miran de reojo y giran la cara, quizá pensanso que al fin y al cabo ella no debería estar allí alterando el paisaje.
Un hombre de mediana edad, al entrar en la joyería le dió unas monedas, puedo atisbar que casi ni cruzó su mirada con la de ella, quizá sea su modo de aplacar la voz de la conciencia, esa voz que cada vez nos habla menos. Mientras tanto ella apenas levanta su cabeza del suelo en esa pose humilde como creyéndose incapaz de mirar a nadie a los ojos.
Llama también mi atención una mujer anciana, encorvada y poco areglada que al salir de la farmacia también le ofrece unas monedas, pero esta mujer también desconocida le aprienta la mano, un gesto sencillo, casi imperceptible pero que a mí me llega a estremecer.
El chasquido de unos dedos cerca de mi oído, me hacen volver a la mesa mientras una voz masculina del que está sentado a mi lado, me increpa preguntandome cuán emocionante es el trabajo de la "mendiga". Bajo la vista diluyéndola ahora en un espeso café, casi frío, al que le he dado mil vueltas con la cucharilla. Sin duda para él y para el resto sólo es una mendiga o pordiosera de origen búlgaro o rumano; para mí sólo un ser humano.
Aprovecho hábilmente el que uno de mis compañeros se haya dado cuenta de mi observación, para preguntárles sincera y directamente qué opinan del pauperismo. La peliroja dice que debía estar prohibido en la vía pública, y vuelve a desviar su mirada como no dando importancia a tal tema. El que se sienta a mi lado me responde que dar limosna a los mendigos es fomentar la mendicidad, y qué estas personas no quieren trabajar, que les es más cómodo pedir limosna. Ahora la mirada profunda se posa sobre sus ojos con una interrógativa; ¿de verdad crees que esa persona de ahí enfrente prefiere estar ahí sentada, elige estar donde está? Su respuesta afirmativa y contundente me hace sentir de nuevo, una vez más, fuera de lugar, alejada de todas sus ideas; porque aún teniendo parte de razón, la mirada idealista prefiere abogar por otro tipo de sistemas sociales, de valores humanos, que hagan que una persona no se vea abocada a estar donde no quiere estar y a vivir de un modo infrahumano.
La mujer sigue allí sentada mientras nosotros volvemos al trabajo. Su presencia a mí no me molesta, la acojo como a cualquier ciudadano más si realmente elige ese tipo de vida. Pero quizás ella no quiera estar allí, quizás ella preferiría estar trabajando y teniendo una vida de esa que llaman "normalizada". Mientras tanto la indiferencia del Ser Humano sigue rondando en mi cabeza............

Muchas veces en el afán de seguir mis sueños, mis objetivos o mis metas, acabo transitando caminos que no me correspondían; caminos de los que no poseo ni una mínima guía o ruta de viaje, caminos en los que acabo perdiéndome, desorientada; adentrada en un frondoso bosque, de esos que al caer la noche las sombras lo cubren todo y te sientes poseido por el temor y por esa extraña sensación de miedo a lo desconocido. Caminos que parecían diseñados para recorrerlos en grupo, pero que una vez más, acabo sola y perdida en medio de ellos. Caminos donde se pierde el camino y caminos cuyo fin no es más que un callejón sin salida.

Otras tantas veces me sucede que me quedo ensimismada con algún precioso árbol que deleita mi mirada con sus maravillosos e exquisitos frutos; los cuales soy incapaz de alcanzar, pero aún así, me pierdo observando, descifrando cada uno de sus recovecos, haciendo que pierda de vista el frondoso bosque, el camino en sí, la belleza conjunta del paisaje o el horizonte que pretendo alcanzar.


No hay un único camino, ni una única ruta que me lleve al lugar que deseo, sino que es una multitud de caminos que se difurcan unos en otros, que me abren un abanico de posibilidades; no existe el camino ideal, el directo, sino muchos pequeños senderos que me van conduciendo hacia algo más, que me van adentrando unos en otros y que me ofrecen la posibilidad de elegir por cual quiero transitar. Y aunque muchas veces hierre el camino o elija la opción menos adecuada para mis posibilidades, y aunque no pueda dar marcha atrás por no tener un camino prefijado; sí encuentro nuevas posibilidades de enderezar el camino, nuevos senderos que se van abriendo misteriosos a ambos lados del camino común.


Y sigo........... sigo transitando caminos, senderos y rutas que muchos prefieren dejar de transitar, y sigo sin necesidad de plantar mi tienda de campaña permanente; sigo sin buscar el sedentarismo cuan nómada de un desierto incierto, pero apasionante.

A menudo me encuentro con personas con problemas reales, de la vida cotidiana, algunos con dramas que les impiden afrontar su día a día con dignidad. A muchos de ellos los encuentro dentro de iglesias o grupos cristianos, tratando de buscar ayuda dentro de su comunidad. En la mayoría de los casos sólo encuentran una ayuda espiritual transformada en ánimos y falsas esperanzas, y en el mejor de los casos obtienen una ayuda puntual de carácter económico o material que raya en la mayoría de los casos la limosna.

Y yo me pregunto ¿Es tarea de las iglesias y líderes religiosos intentar ayudar a sus miembros más allá de lo puramente espiritual? A mí me gustaría que así fuera.
Y que si se opta por ser algo más que líderes espirituales ¿no se deberían ofrecer ayudas reales y eficaces y no, meros paliativos que no solucionan el problema, y como mucho sólo consiguen posponer un poco la agonía?

Si no me vas a leer no hace falta que te pongas en la lista...

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Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea, es mejor que no pensar....... HIPATIA DE ALEJANDRIA

GRACIAS JOSE ALFONSO

A Ruth Carlino (Viajando al desierto) .6 de Septiembre .Festividad de Ntra. Sra. de las Viñas .

"Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Se paga al nacer, peaje
y todo es peregrinaje,
cada cual con su bagaje
en pos del cierto accidente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Trenet de feria es la vida.
Bien a la vuelta o en la ida,
sobre raíles se olvida
que no es cierto lo aparente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Llega el otro y marcha el uno.
El de acá es más oportunoque el de allá,
no habiendo alguno.
Todo igual es diferente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente.

Quién soy yo; por dónde voy;
cuál será mi destino hoy,
me pregunto, por qué estoy
si al estar, vivo en pendiente.

Percibo que, de repente,
conmigo viaja la gente".

Jose Alfonso.
http://callejadelahoguera.blogspot.com/